Antropólogos, sociólogos, y psicólogos sociales nos explican que, como peruanos, somos una especie de adolescente respondón, de esos a los que les encanta dar la contra y no acatar las normas impuestas. Mientras que el estado peruano viene funcionando como un padre renegón y mandón, que todo el tiempo se la pasa tratando de que sus hijos malcriados le hagan caso. Y a punta de operativos y sanciones, el estado trata de tomar control sobre la sociedad peruana. Pero sobran los que no acatan y encima se salen con la suya.
Y es que, desde antaño, la palomillada, en nuestro Perú de pesadillas, es algo que se ha celebrado. Las audacias del Pepé el vivo, el que se jacta de saltarse las normas y de que todo le vaya bien. Y lejos de que tales conductas sean recriminadas, rechazadas y sancionadas; mucha gente termina dándoles la razón, a esta gente descarriada, que termina haciéndole un gran daño a la sociedad.
Finalmente, justos pagan por pecadores, y que importa que sea una minoría, los irresponsables a los que se le da la gana de irse en juerga y, no respetan ni cuarentena, ni protocolos de seguridad, ni nada de nada. Y si les llamas la atención, seguramente te responderán; “Tu que te metes, a ti que te importa, es mi vida, yo sabré lo que hago, de algo me tendré que morir”.
A estas alturas, las restricciones parecen sobrar, y la ley que se impone parece ser el “SALVESE QUIEN PUEDA”.
Pero el estado peruano no renuncia a su rol paternal e insiste en mantener ciertas restricciones; en parte por el miedo a que la cosa se ponga peor; y se entenderá, que pase lo que pase, finalmente al presidente le echaran el pato y sobrarán los que salgan a “pedir su cabeza”, aun cuando estamos a puertas de nuevas elecciones presidenciales, con mayor razón aún, a la politiquería le encantan este tipo de enfrentamientos, el caballito de batalla de oportunistas de moda, que pretenderán presentarse como los nuevos salvadores del Perú.


